Las últimas horas

Hoy entregamos el departamento. Comienza el lento pero seguro desvanecer antes de dejar este país, el hogar de mis últimos siete años. Los olores, los rostros. Los modos y los hedores. La comida. Los afectos. «Filosofar es aprender a morir» me digo, y la frase pide aceptar que todo se acaba: vivir con entereza la muerte de absolutamente todo. 

La entereza no excusa al dolor, sin embargo.

Las últimas horas

El envés del mundo.

El mundo arrulla como puede a sus niños caprichosos. El Centro de Quito, con sus casas coloniales y recovecos centenarios, es cura de mis males: en Buenos Aires no hay tal cosa. Paseo. Lo antiguo se impregna de su historia, pienso, tal como el cansancio en un cuerpo. Es un monstruo que va tragando y digiriéndolo todo hacia una única materia fecal cósmica. Oh, el hedor de Quito. El que lo pueda sentir, que lo sienta. Qué pena los cristianos hayan abandonado el latín. ¿Acaso no entienden que la fuerza de las palabras reside en la carga de su uso a través de los siglos? Basta observar el poder del sánscrito: uno canta sin siquiera saber qué se está diciendo, pero la mente ¡de viaje! Vivan los mantras y las viejas iglesias del Ecuador. Grave error, cristiandad, de haberte desentendido de tus misterios. Ahora eres sólo discurso, lo que yo, justamente, no quiero ser.

El envés del mundo.