MÁS UN OCÉANO

A veces veo a mi papá —casi siempre cuando está sentado a la mesa familiar, o cuando está sumido en un pensamiento— y en sus ojos tranquilos veo un mensaje del futuro: «en parte así será, en parte así serás». Y concuerdo, el futuro todo lo mastica, lo digiere y lo convierte en una misma cosa. Tanto así que ante la muerte nadie se diferencia. Pero antes de ella, antes de la muerte, encuentro que se va «diciendo» el mismo mensaje, ejecutando la misma profecía. Y a la par que envejezco me veo amalgamándome, en las cosas más inefables, a ese ritmo común. No son las creencias, las posturas o las ideas las que cambian en mí. No es cuán parecido a mi Padre pueda llegar a ser, sino algo más profundo: es la sensación de, como él en esos momentos de sosiego, estar vibrando cada vez más a la par de la Vida, en ondas «de largo alcance», ondas profundas que tienden a la recta, a infinito y que son cada vez más difíciles de alterar.

MÁS UN OCÉANO

El envés del mundo.

El mundo arrulla como puede a sus niños caprichosos. El Centro de Quito, con sus casas coloniales y recovecos centenarios, es cura de mis males: en Buenos Aires no hay tal cosa. Paseo. Lo antiguo se impregna de su historia, pienso, tal como el cansancio en un cuerpo. Es un monstruo que va tragando y digiriéndolo todo hacia una única materia fecal cósmica. Oh, el hedor de Quito. El que lo pueda sentir, que lo sienta. Qué pena los cristianos hayan abandonado el latín. ¿Acaso no entienden que la fuerza de las palabras reside en la carga de su uso a través de los siglos? Basta observar el poder del sánscrito: uno canta sin siquiera saber qué se está diciendo, pero la mente ¡de viaje! Vivan los mantras y las viejas iglesias del Ecuador. Grave error, cristiandad, de haberte desentendido de tus misterios. Ahora eres sólo discurso, lo que yo, justamente, no quiero ser.

El envés del mundo.