LA MIRADA PRESENTE

La Mirada Presente
es un cuarto a oscuras,
y mis ojos abiertos a la medianoche:
estoy acá.

Recorro la casa vacía.

Leo mi libro en el sillón gris,
siento el sabor de las palabras.
Puedo decir «esta es mi vida», «esta es mi vida».
En la mesa pequeña, bien puedo tomar un mate.

El aire ocupa los espacios, lo había olvidado,
y los pensamientos ocupan el tiempo.
Pero el pensamiento sin palabra es el tiempo.

Afuera, siento el peso de las estrellas
y me miro fijamente con un gato:
soy, ante todo, un animal

y mi dueño todavía duerme
en un cuarto a oscuras,
o maneja por la autopista
sin pensar en estas cosas.

MÁS UN OCÉANO

A veces veo a mi papá —casi siempre cuando está sentado a la mesa familiar, o cuando está sumido en un pensamiento— y en sus ojos tranquilos veo un mensaje del futuro: «en parte así será, en parte así serás». Y concuerdo, el futuro todo lo mastica, lo digiere y lo convierte en una misma cosa. Tanto así que ante la muerte nadie se diferencia. Pero antes de ella, antes de la muerte, encuentro que se va «diciendo» el mismo mensaje, ejecutando la misma profecía. Y a la par que envejezco me veo amalgamándome, en las cosas más inefables, a ese ritmo común. No son las creencias, las posturas o las ideas las que cambian en mí. No es cuán parecido a mi Padre pueda llegar a ser, sino algo más profundo: es la sensación de, como él en esos momentos de sosiego, estar vibrando cada vez más a la par de la Vida, en ondas «de largo alcance», ondas profundas que tienden a la recta, a infinito y que son cada vez más difíciles de alterar.

MÁS UN OCÉANO

Contar hasta Mil.

Me siento incómodo en las fiestas, perseguido. Lo que hago para apañar esa sensación es ponerme las manos en los bolsillos y observar. Si las sitcoms teatralizaron aún más nuestras relaciones sociales, jerarquizando a su modo qué decir y qué mostrar, las fiestas se convirtieron —para mí, ahora más que nunca— en escenarios dignos de observarse.

Contar hasta Mil.

A favor de los astros.

Decía Rodolfo Kusch en otras palabras, que aquí en las capitales vivimos en mundos «de plomo». Desde ese, nuestro mundo férreo y más bien infinitamente cúbico, enviamos excursiones a Marte —pero también a la selva amazónica— en las que todo medimos y miramos con condescendencia. La coordenada cero, el punto de partida, es el Hombre Occidental. 

A favor de los astros.

Quién

Mi cuerpo está aquí, presente, 
y sin embargo

debajo de mi piel, en la oscuridad, 
crujen las raíces de lo incierto

¿Quién está ahí?

IDEAS DE LO QUE DIOS PUEDE LLEGAR A SER

Ideas de lo que dios podría llegar a ser. Cuando pensé la primera, me trajo mucha desazón: la de Dios como un animal salvaje e indomable. Un Dios que lo es, no por su inmensa sabiduría y sentido de justicia, sino llanamente porque puede serlo. Un lobo salvaje que va sediento de multiplicar la existencia, completamente a la deriva de su instinto. La noche que imaginé este Dios, soñé con caballos salvajes y con un enorme incendio que descendía por un monte hacia la ciudad.

IDEAS DE LO QUE DIOS PUEDE LLEGAR A SER

El envés del mundo.

El mundo arrulla como puede a sus niños caprichosos. El Centro de Quito, con sus casas coloniales y recovecos centenarios, es cura de mis males: en Buenos Aires no hay tal cosa. Paseo. Lo antiguo se impregna de su historia, pienso, tal como el cansancio en un cuerpo. Es un monstruo que va tragando y digiriéndolo todo hacia una única materia fecal cósmica. Oh, el hedor de Quito. El que lo pueda sentir, que lo sienta. Qué pena los cristianos hayan abandonado el latín. ¿Acaso no entienden que la fuerza de las palabras reside en la carga de su uso a través de los siglos? Basta observar el poder del sánscrito: uno canta sin siquiera saber qué se está diciendo, pero la mente ¡de viaje! Vivan los mantras y las viejas iglesias del Ecuador. Grave error, cristiandad, de haberte desentendido de tus misterios. Ahora eres sólo discurso, lo que yo, justamente, no quiero ser.

El envés del mundo.