Contar hasta Mil.

Me siento bastante incómodo en las fiestas, un poco perseguido. Lo que hago para apañar esa sensación es ponerme las manos en los bolsillos y observar. Si las sitcoms teatralizaron aún más nuestras relaciones sociales, jerarquizando a su modo qué decir y qué mostrar, las fiestas se convirtieron —para mí, ahora más que nunca— en escenarios dignos de observarse.

Contar hasta Mil.

A favor de la astrología

Decía Rodolfo Kusch en otras palabras, que aquí en las capitales vivimos en mundos «de plomo». Desde ese, nuestro mundo férreo y más bien infinitamente cúbico, enviamos excursiones a Marte —pero también a la selva amazónica— en las que todo medimos y miramos con condescendencia. La coordenada cero, el punto de partida, es el Hombre Occidental. 

A favor de la astrología

Quién

Mi cuerpo está aquí, presente, 
y sin embargo

debajo de mi piel, en la oscuridad, 
crujen las raíces de lo incierto

¿Quién está ahí?

El Despojo

el buey que tracciona al molino
animal doblemente condenado:
por un lado su fortuna de esclavo
y por otro, su circular destino.


En la infancia practicaba el despojo como una especie de reto. Me bastaba con poco más que estar en el jardín del fondo, en el que pasaba las horas, y disfrutaba de, por ejemplo, andar descalzo y desafiar el frío. Qué extraña y compleja certeza, la de creer que el despojo nos provee de algo. 

El Despojo

Por ejemplo, los sauces.

Viaja en el colectivo, un poco más adelante y de espaldas a mí. Es casi una figura: no veo ni su rostro ni sus gestos. Sin embargo, hay algo evidentemente hermoso y vital en ella toda: son las flores. Las flores en su vestido. La flor y el colibrí en su campera de jean. La textura de flores en el broche que amarra su pelo. La flor como símbolo. El misterio del símbolo en la espalda de una mujer. 

Por ejemplo, los sauces.

Yo era de los truenos

No sabría distinguir
las ventanas de los espejos.

de pequeño yo era de los truenos
las tormentas tronaban en mí

luego me adueñé de todo
y la vigilia fue mi ensueño

hoy, sólo hago correr la voz 
del rayo que atraviesa los cristales

IDEAS DE LO QUE DIOS PUEDE LLEGAR A SER

Ideas de lo que dios podría llegar a ser. Cuando pensé la primera, me trajo mucha desazón: la de Dios como un animal salvaje e indomable. Un Dios que lo es, no por su inmensa sabiduría y sentido de justicia, sino llanamente porque puede serlo. Un lobo salvaje que va sediento de multiplicar la existencia, completamente a la deriva de su instinto. La noche que imaginé este Dios, soñé con caballos salvajes y con un enorme incendio que descendía por un monte hacia la ciudad.

La segunda idea me vino ayer por la noche. Me acordé de un amigo que tenía el don de visualizar «dimensiones» habitando dentro de sus pacientes. Lo hacía mediante masajes. En una ocasión vio dentro mío un enorme gigante que, ayudado de un bastón, subía a una montaña. Con su relato nos convertíamos en observadores presenciales. Y en medio de la lluvia torrencial el gigante se volteaba y nos miraba. ¿Y si Dios es un dios «pequeño» —como nosotros ante el gigante—, creador de mundos y sus habitantes, pero incapaz de hacer nada coherente con ellos? 

La tercera —pero cronológicamente la primera imagen que tuve de este estilo—, fue la de un rey muerto desde tiempos inmemoriales, postrado en el suelo con su corona y cráneo quebrados por el golpe que le diera fin. De él, salen ahora plantas y flores.

Imagen: Svjatogor, por Petar Meseldžija (https://petarmeseldzija.blogspot.com/)

Transformación

Escuchar música como una experiencia de transformación interior. Una experiencia de contacto entre «eso que vengo siendo» y lo que suena, con sus valores y carácter propios, con su promesa de mundo en particular (la música que me está interesando tiene, por lo general, estas cosas).

Si hay interés, hay entrega. Como cuando era niño y «jugaba a ser», me transformo en eso que creo escuchar. Absorbido por la música, por un momento me siento otro: me siento eso que escucho. Y si tengo suerte, al regresar alcanzo a «traerme algo».

Hay algo solemne y ritual en este encuentro, que me hace repensar todo lo que alguna vez pensé de la música y su escenificación. Componer música, me digo, puede ser una oportunidad de diseñar experiencias de lo Sagrado (o al menos, de «lo Inefable»: la música que hoy me gusta escuchar escapa a la palabra, que delimita toda experiencia a lo que pretendemos que sea, obviando lo que realmente «es»). Interpretar y escuchar música, agrego, tal vez no sean actividades jerárquicamente distintas, sino una asignación de responsabilidades: invocar la experiencia o ayudar a sostenerla.

Foto: Untitled (2003), de Tara Donovan

El guardián de lo inútil

Vacaciones (las primeras dieciséis): después de haber estado interminables semanas oreándome al amparo del sol, inexorablemente llega el día de volver y con él la tristeza por todo lo que no que no alcancé a hacer. Adiós a los Grandes Planes: hora de volver a casa. 

Ahora ya tengo treinta y tres años, y apenas distingo —¡vaya elipsis!— un día hábil de un feriado. Al parecer estamos de vacaciones de invierno. Me visitan mis sobrinos salteños, que sumados a los de acá podrían ocupar todo un jardín de infantes. La sensación respecto a los Grandes Planes más o menos, sigue siendo la misma. 

Decido emprender una aventura junto a ellos. Les pido que dibujen personajes de sus fantasías y pesadillas. Me invento un juego muy simple, un Juego de Rol que se juega con un sólo dado. Al cabo de unos días se los presento y jugamos, en total, durante tres horas y media. Resultado: el malvado esqueleto Jung acabó devolviendo el color robado a nuestro planeta y, con una última tirada de dados, afortunadamente todos pudieron retornar ilesos a esta dimensión.

Inexorablemente, esta vez también, llegará el último día. Anticipándome, les comparto el manual de instrucciones y una guía para que escriban sus propias aventuras. En ese acto, me siento una especie de guardián y protector de lo Inútil, asegurando un legado sin importancia. Para mi sorpresa, me confiesan que durante las vacaciones ya crearon su propio juego, «el Recreo Infinito». Los detalles son fascinantes. Alejo me cuenta, ya escribió y transcribió a la computadora su primera aventura. 

Ahora sí, hora de volver a casa. 

(Imagen: «Monstrominero» imaginado por Tomás Puertas Venturini)

LIBROALFAJORES

Mil novecientos noventa y uno, verano e infancia. Me dedico a registrar en un pequeño cuaderno el comportamiento de Popi —mi perra— y a grabar en cassette el sonido de las tandas comerciales: en mis vacaciones no habrá televisión. Mi programa favorito promociona alfajores que vienen con minilibros. De a poco, voy armando mi primera biblioteca personal de «libroalfajores Fabulandia». Los leo sobre la alfombra azul de mi cuarto. Aprendo sobre animales y plantas.

Con el tiempo aprendo algunas cosas más. Por ejemplo, que los libros lo hacen a uno más triste. Es —me digo— un asunto de circularidad: a) la tristeza tiene el sabor del dolor recordado. b) El dolor es indicio y materia prima de todo lo que está vivo. Finalmente, c) La buena «literatura» es la que mejor captura la vida. El mundo a mi alcance, y desparramado sobre la alfombra azul de mi cuarto.

Me digo también que no hay nada de triste en la tristeza. Si «hay» tristeza significa que la capacidad de sentir está intacta o, incluso, ampliada. Si río y además lloro, es porque participo de la danza más antigua, porque soy parte de algún afán inmemorial que se expresa a través mío. O eso me gusta pensar: que lo que sentimos, mismo sea lo más valioso que tenemos, apenas nos pertenece. Que la verdadera derrota es la negación. Que la verdadera derrota es no sentir.

No sentir, por ejemplo, la hermosa trampa con aroma a chocolate de Libroalfajores Fabulandia.

Foto: en mi biblioteca, un ejemplar de «FABULANDIA».

Los otoñales

Dejamos, al andar, nuestro trazo. Una huella inmediata que imprime el aire con algo de nosotros. Lo veo claramente el domingo, cuando asisto al teatro. Juego a imaginarlo después, mientras bailo en el Laboratorio de Intercorporalidad: algunas personas son como la primavera, y dejan a su paso un trazo de flores, de colores. Van sembrando y no esperan. Me animo y agrego: poseen cierto brillo, un cierto optimismo, una esperanza. 

Otros —anoto— en cambio somos como el Otoño: dejamos un rastro de hojas secas. No es menos hermoso ir acarreando alguna que otra pena. Del amor que se había sembrado, de ese trazo colorido, los otoñales somos cuidadores, cuando llega la noche y sólo nosotros estamos despiertos.

Foto: fotograma de «Pas de Deux», de Norman McLaren

Sueño

No recordé mi sueño sino hasta la tarde de hoy. Cruzaba la avenida cuando me dije «soy un inútil» con tanta claridad, con sabor de verdad absoluta. Un inútil con temor de que el futuro llegue y yo no haya «tomado a su toro por las astas». Entonces me acordé. 

Había soñado, como soñé ya algunas veces, que ascendía a un volcán en erupción. Subía como se sube a una montaña —con sumo esfuerzo— y contra todo pronóstico: ¿hacia dónde? No hay cima que coronar cuando se asciende hacia el fuego. Pero no eran el sentido ni el destino de la tarea los protagonistas del sueño, sino la belleza indescriptible de todo: del cielo en torno al monte y, sobre todo, del majestuoso fuego que escupía el cráter. 

Una y otra vez el sueño detenía el tiempo y se maravillaba del paisaje: una conjunción hipnótica de belleza y muerte —sensación parecida a la de observar al milagroso tigre justo antes de caer en sus fauces. Una y otra vez también, el sueño ensayaba un «movimiento cinematográfico», que comenzaba en el montañista —o sea, yo— y luego subía para revelar su verdad en Plano General: lo que parecía la cima no era más que un paso, el umbral desde el cual recién podía apreciarse la verdadera magnitud del volcán y su cráter. La cima era el final del paisaje más «humano». Era el comienzo de su dimensión mítica, divina, más bella y letal. 

Imagen: Myth of Sisiphus, por AbominableDante
https://abominabledante.deviantart.com/

Responso

El jueves pasado se fue un ser muy querido. Durante el responso, entre tanta gente conocida, me invadió la tristeza profunda y suave de pensar en el caudal de despedidas inevitable que me depararía la vida: hasta que todo acabe, nunca se acabarán. Por momentos trataba de cerrar los ojos y pensar en él —siempre tan sonriente— y sonreía yo también. Inmediatamente lo veía reclinado en su silla, hablando como siempre —tan «argentinamente»— del tango, del Turismo Carretera y de las estrellas… y acababa entonces por volver a lagrimear, entre los tristes presentes. Así me volví a casa.

Esa noche soñé con una situación por lejos fantasiosa: ante la mirada de su esposa, un joven se sumergía con su Volkswagen en un charco en medio del empedrado. Y no volvía nunca más. Ella lo esperaba afuera, junto al portón abierto de un garage. Así, me desperté pensando, se sienten las ausencias incomprendidas de personas como mi tío, que iluminan este mundo con su paso.

En contra del Ser Humano

Fantaseo desde hace un tiempo escribir un texto en contra del Ser Humano. Mientras nos veo como especie discutir «asuntos internos» no puedo sino pensar que, antes que nada, no hemos meditado sobre nuestro lugar entre todo lo demás. Entre lo vivo, lo inerte y lo divino también.

Pienso, todo lo que creemos que nos hace especiales no es más que mito. El mito del «animal racional», el mito del Alma, el ilusorio resguardo de las ciudades respecto a la Naturaleza y a lo Divino, la Cultura: aquello de todo esto que no es una quimera, simplemente no nos es exclusivo. Me pregunto qué quedaría en pie si derrumbásemos algunos falsos ídolos. 

Con o sin nosotros, todo pasa.

Hace tiempo vengo practicando, a manera de ejercicio, esta «doctrina» que fantaseo y me voy inventando. Hoy por hoy, esta práctica deshace algunas de mis creencias y banderas, y de a ratos pareciera que me inspira más a «dejar de hacer» que a otra cosa. Pero, intuyo, hay algo en ese deshacer que debe realizarse: desandar y andar; dar testimonio de este cambio de perspectiva y dotarlo de belleza con el arte; celebrar la divinidad de todo, como mismo se pueda. Eso, en sí mismo, es ya un «hacer».

Pintura: «el banquete del león» de Henri Rousseau.

Las últimas horas

Hoy entregamos el departamento. Comienza el lento pero seguro desvanecer antes de dejar este país, el hogar de mis últimos siete años. Los olores, los rostros. Los modos y los hedores. La comida. Los afectos. «Filosofar es aprender a morir» me digo, y la frase pide aceptar que todo se acaba: vivir con entereza la muerte de absolutamente todo. 

La entereza no excusa al dolor, sin embargo.

Las últimas horas siempre son extrañas. Camino bajo el sol vertical por un barrio de Quito que me es ajeno, aunque sea ahora mi lugar de paso. De hecho, nada me es propio conforme vuelvo a entrar en la Dimensión del Turista: nada me pertenece. Tampoco conozco todas estas calles. «¿Cuál será el afán de esta ciudad con sus conquistadores?» pienso mientras leo los carteles. Poco importa. Dentro mío, los meros conocidos ya no existen; y los amigos y compañeros de todo este tiempo se van desvaneciendo: habrá que saber despedirse.

Es tiempo, en cambio, de meseros, de taxistas, de viajantes y navegantes. Charlo con desconocidos en un café de la Vaca de Castro. Ayer por la noche tuve en la cama la sensación de no saber quién era. Sentía partes de mí hundirse por su propio peso hacia un abismo negro: cosas que sostengo, creencias y opiniones que no sé si sobrevivan a este viaje. No podía asegurar qué quedaría de mí. Anoto ahora: «desconocerse para entrar a lo desconocido». No se excusa al dolor: morir o matar bien pueda ser la diferencia entre «explorar» y «conquistar». 

Yo prefiero el ejercicio del explorador que muere cada vez. Con certeza es más noble explorar la Tierra que conquistarla.

Imagen: The fall of William The Conqueror, de John Millar Watt (https://fineartamerica.com/featured/the-fall-of-william-the-conqueror-john-millar-watt.html)

CASA

A mí se me hace que la palabra «casa» tiene una esencia ancestral. Me remite a un mundo que comprendía de bien niño, o al mundo que habitamos como especie hace bastante más tiempo. Con certeza los cavernícolas no decían «caverna»: decían «casa».

Hace unos días vaciamos con Sarahí la casa en San Marcos, preparándonos para el viaje a Buenos Aires. Me acordaba de las veces que me había mudado. De la casa en provincia al departamento, por ejemplo, salimos en tiempo récord y con la alegría de botar casi todo. La mudanza muestra cada vez que lo esencial es realmente poco. Y bastante arbitrario: un pañuelo del jardín de infantes con mi nombre bordado. Mi librito FABULANDIA. Alguna música. Algunos libros.

A veces dudo si esta carencia de lastre signifique todo lo no construido. Me imagino pidiendo dinero de anciano, viviendo de prestado. Y tengo miedo.

Entonces me acuerdo de la casita del árbol en el ciruelo, o la del eucalipto —casa traicionera por demás, porque en ella había depositado mis secretos, y el viento se los había llevado— y me acuerdo también de la tarde en la que el terremoto me sorprendió en la orilla del mar. Voltear la cabeza y ver casas tambaleándose y caer. Gritos. Destrucción. Muerte. Desde ese día vengo imaginando el regreso que estoy por emprender.

Dixit Mario Quintana: «Amar es mudar el alma de casa», ejercicio que no es fácil. De niño decretaba el cambio con facilidad. Ahora escribo la palabra «casa» en un papel el blanco y me sorprendo pensando todas estas cosas. ¿Qué puede construirse, que no sea una ilusión? Me digo que no es poco.

Y recuerdo por el suelo y a la vista de todos, los recortes de publicidades con chicas con poca ropa que escondía en la casa del eucalipto y que el viento traicionero se llevó.

Imagen: «The Cave of Swimmers», Unknown, Pictograph (Rock Painting), Neolithic Era (c. 10,200 BC)

Lo que no me gusta

Hay cosas que no me gustan. No me gusta, por ejemplo, parecer un tipo negativo y vivir bajo la sombra de la queja. Queja que alimenta a una amargura insaciable y que, así y todo, hace sobrevivir a los que no encuentran modo: los iracundos, los amargados, los injuriados. Los olvidados de la suerte. A ellos no se les puede palmear la espalda, y a mí hoy tampoco: me permito, entonces, estas líneas oscurecidas por malos momentos. 

«Desprecio menos a los que mienten que a quienes eligen vivir en la mentira. A los que se disfrazan de lo que no son. A los que se arrodillan ante el espíritu de su época. A los defensores de la pureza. A los que citan y no piensan. A los apellidos y a los linajes. No me conocerán por mis parientes. No me agradan los simplificadores y, en el otro extremo, quienes complican con palabras lo que no es complicado». Fin del comunicado.

¿Por qué guardaré las ofensas, los fantasmas de lo que no quiero? A veces, para inventarme un espejo. Me digo, por ejemplo, que un alma original miente, pero como agente del deseo, y lo llama «Arte». Que existe la nobleza a primera vista. O que no canto para todos, sino para algunos cuantos. Me digo muchas cosas y, de pronto, me quedo dormido. 

Desde chico, acumulo sueños con el fin del mundo.

Ilustración: Where the Wild Things Are, Maurice Sendak.

Álbum de Familia

De todos,
Soy el iluso.
El que abandonó 
donde todos batallan.

Y batalla donde todos abandonan.

Me dices que tú a mi edad
Eras la madurez del Hombre
Mientras yo me pienso siendo como tú
Y me digo que no señalo a nadie.

¿Por qué el mundo apuntará
a los que no disparan?

(Imagen del archivo familiar.)

Noche

Tú habitas hondo en mi lago
te veo en todos los reflejos
Compartes mis sueños.

Yo me hundo en tus ojos
Hasta el oscuro universo.

Tienes todas las llaves
De las puertas que he cerrado
Si las abres sin reparo,
yo me muero.

(Fotografía: constelación Vulpecula, NASA)

El envés del mundo.

El mundo arrulla como puede a sus niños caprichosos. El Centro de Quito, con sus casas coloniales y recovecos centenarios, es cura de mis males: en Buenos Aires no hay tal cosa. Paseo. Lo antiguo se impregna de su historia, pienso, tal como el cansancio en un cuerpo. Es un monstruo que va tragando y digiriéndolo todo hacia una única materia fecal cósmica. Oh, el hedor de Quito. El que lo pueda sentir, que lo sienta. Qué pena los cristianos hayan abandonado el latín. ¿Acaso no entienden que la fuerza de las palabras reside en la carga de su uso a través de los siglos? Basta observar el poder del sánscrito: uno canta sin siquiera saber qué se está diciendo, pero la mente ¡de viaje! Vivan los mantras y las viejas iglesias del Ecuador. Grave error, cristiandad, de haberte desentendido de tus misterios. Ahora eres sólo discurso, lo que yo, justamente, no quiero ser.

Quiero dejarme acunar. Quiero la embriaguez de la canción del mundo, aquella que va a seguir sonando cuando no quede nada. La que sentí en un monasterio, cuando me quedé horas mirando una figura a la que, era clarísimo, veía respirar. La que siento a veces antes de irme a dormir. Me invento una fábula en la que soy Fiera y el Cosmos me quiere dormir. 

En unas semanas me vuelvo a Buenos Aires, la capital del Grito. No sé si encuentre tales cosas por allá. Sin embargo, Quito me ha agotado. Ahora sufro nuevos males. «El mal de la fiera enjaulada». Y sueño con ver mi ciudad teñida de las magias que tanto le huyen. Yo ser canción y ella, fiera. 

Llevo mis notas en los bolsillos. Y cuando me anime, nos mudaré a todos al envés del mundo. 

(Amanecer desde un Balcón. Fotografía de Yazmín Echeverría)

SOBRE LOS LUGARES INTERIORES

Lo que es Arriba es Abajo, lo que es Adentro también es Afuera. Como somatizador experto, siento esto como algo propio, palpable: mi cuenta bancaria y manchas en la piel, relación amorosa y cantidad de sueño están todas intrínsecamente relacionadas.

Hay un lugar que visito de tanto en tanto. No me pregunto si es externo o interno, real o imaginario: lo habito y listo. En distintas ocasiones lo he soñado, imaginado y alucinado, siempre como un lugar detenido, silencioso. Sin aire. Sin tiempo.

En él sólo cabemos un tesoro y yo. En el desierto, recuerdo, vi una gota. Otras veces, una gema. Una vez—y ésta es mi preferida de todas— vi una planta negra y espinosa creciendo en una oscura caverna.

La fuente de mi Todo, en el centro de lo que soy.

En esos tesoros veo lo mismo que veo tras las miradas: misterio. Ultimamente imagino —¿por qué no imaginar, también, este lugar?— mi centro como un lago en la noche. La pupila gigante. Llego en silencio y observo la superficie. Lo primero es el reflejo. Luego, a través del agua, entreveo movimiento: quizás, pienso, estemos todos conectados.

ANTE LO ABSURDO

Extraña afición la mía, de coleccionar cosas insignificantes rescatadas de la vereda. Objetos anónimos, salidos de limpiezas profundas de quién sabe cuáles habitaciones. Cosas que caen, finalmente, de bolsas desgarradas por los recolectores de basura en el afán de acabar su noche; y que yo recojo: un guión de telenovela, el fotograma rayado de una película treinta y cinco milímetros, el cartel luminoso con el significado de los números de la lotería; un sinnúmero de hojas de cuaderno.

En especial recuerdo, con una sonrisa, mi colección de fundas pequeñas de nylon, guardadas unas dentro de otras —colección que finalmente acabé quemando, al perder el encanto de juntarlas—.

Así, ante lo absurdo, el cariño. Práctica filosófica de natural aplicación a lo demás en la vida: nunca perder la gracia, mismo sea para quemarlo todo y reinventar el sentido.

(Fotografía: www.toltyarnandwool.com)

DESDE UN CAFÉ

Observo el tristísimo tránsito de este día frío, y desprevenido muerdo la fruta del desayuno. Sin escalas, recuerdo ser niño y estar descalzo, sentado en la escalera de la sala, mientras mis papás hacen su sobremesa. Es verano y estamos de vacaciones. Con su cuchillo, mi papá me comparte, rodaja a rodaja, la misma fruta que hoy saboreo. La misma sensación. El mismo sabor.

A esa misma edad, enseguida recuerdo, maté un sapo. Creía, con certeza, que era el mismo que en el invierno anterior me había croado desde una pileta enmohecida, haciéndome caer del susto, con mis ropas de lana, en el agua estancada. Lo apaleé sin piedad con una raqueta de madera. Cuando mis hermanas mayores me hicieron entender el horror de lo que había hecho, me largué a llorar sin consuelo: había acabado con algo hermoso.

CAMINATA

No soy poeta
pero puedo ver
en los ojos de la gente
la gota de tinta divina,
la firma de Dios que refleja
lo irreductiblemente bello,
lo que nunca podrá ser vendido,
ni jamás contaminarse:

Ese espacio en cada uno
del que nos acordamos
acurrucados en las camas.
Aquello que extrañarán los suicidas
y que borra las madrugadas.

Si algo queda de hermoso 
habita esas miradas.