TRAMA TXT

ESCRITO EN EL AGUA

1. UNA MADRE ENOJADA.

En la génesis de esta historia hay una madre enojada: Gea, la «madre universal» que engendra el orden y engendra el caos con la misma devoción. Dicen que, ofendida por la violencia con que los dioses habían tratado a sus hijos —los Titanes— trae al mundo a Tifón: ser de cien cabezas de serpiente, que arroja fuego y consume todo lo que ve, ser que habla en simultáneo con las voces de todos los animales imaginables y cuya magnitud une oriente con occidente.

Todo se confunde y se abre. Los dioses escapan del Olimpo. Afrodita, diosa nacida de la espuma del mar y del esperma de Urano, escapa junto a Eros, su hijo, rumbo al océano, bajo la forma de dos peces unidos por una cuerda. Los fugitivos se inmortalizarán en el manto celeste como la constelación de Piscium, nombrada así por las similitudes entre esta historia y lo que la primavera septentrional imprime en hombres y mujeres. Quienes crean en tales cosas, sabrán de qué modo.

2. LA INFANCIA

Soy un ser acuático dentro del útero de mi propia madre enojada. Me une a ella un cordón umbilical. Nazco en tiempos de primavera septentrional, aunque muchos ciclos más tarde y en otro hemisferio, por lo que resulto un ser otoñal. Ahora tengo dos años. Camino al borde de la pileta mientras pesco con una caña que me invento con una rama y un hilo. Mi padre me graba con una cámara prestada, y este será el único registro en video que conserve de mi infancia. Allí mismo, pero en invierno y dos o tres años más tarde, observo el moho verde de la pileta cuando soy sorprendido por un sapo que aparece sin aviso y caigo, así, todo vestido, en el agua estancada. Nunca me olvidaré de esto. Ahora tengo siete. Paso mis veranos en Mar del Plata, donde prefiero la sombra y la arena al peligro del mar. Una noche sueño con el fin del mundo. El fin del mundo no es un ser de cien cabezas de serpiente, sino una ola gigante y marrón, de la que de todos modos escapo junto a mi familia, en la fiel Ford F-100 carrozada de mi padre. Este será el primer sueño del que tenga registro.

3. LA PRIMERA VEZ

Ahora tengo dieciocho años. Ya me gusta el mar. Me gusta zambullirme contra las olas y barrenarlas sin tabla, para ser arrastrado hasta la orilla. Y me gustan otras cosas más. El verano acaba de comenzar y ya no quiero veranear en la costa, prefiero quedarme en Buenos Aires. Me invitan a una fiesta, alguien cumple treinta y los celebra en un club. Las cosas se van de mambo y terminamos en la piscina olímpica del subsuelo —territorio de Eros y Afrodita— con poca ropa y muchos tragos. El guardia de seguridad nos sorprende y corremos a refugiarnos a los vestidores. Ella y yo estamos escondidos en la misma ducha, cuando comenzamos a besarnos. Mal o bien, esa noche será mi primera vez.

4. MI VIDA CON ELLA

Con Ella somos dos, nos une un lazo de amor. Tengo veinticinco años y es nuestro primer día de los enamorados. Regreso a casa agotado, y al salir del ascensor encuentro la puerta sin cerrar. Alerta, recorro la casa, temiendo haya pasado algo, un robo o un accidente. Pero allí la encuentro dormida, dentro de la bañera, teñida por el vino derramado en el descuido del sueño. La despierto y nos reímos. Viajamos. A los dos nos gusta la playa. Concordamos en que podríamos pasar una eternidad sin aburrirnos, en la orilla del mar. Un par de años más tarde nos distanciamos por unas semanas. Mis días ya no son nuestros, y paso deprimido en la casa. En el techo se empieza a formar una mancha de humedad cada vez más grande. Llamo al vecino de arriba, que me confirma que no hay ningún problema de agua. La distancia duele, pero recordamos la cuerda que nos une. La mancha retrocede, desaparece el goteo, dos peces se reencuentran. 

5. IEMANJÁ

Ahora tengo veintisiete años, ¿cuándo fue que la magia envolvió a mi mundo? ¿antes de la aparición en el garage de la casa, o después de la llamada desde el futuro?  Soy el sujeto de una historia fantástica. Escucho con atención a quien me habla de macumba, dice  que me han hecho: dentro de un saco de arpillera, cerrado por una cinta celeste y encomendada a Iemanjá, la diosa del mar, una carta por mí escrita hace años, mencionando un pasaje de avión, trozada en mil pedazos. Carta que nadie tendría por qué conocer. Para mi tranquilidad, me aclara que no habría tenido efecto: le debo un agradecimiento a Iemanjá, pienso. Cuatro años después, asisto a un rodaje en la playa. Paso el día barrenando las olas como hace años no lo hacía, mientras cuido junto a Ella a La Niña, una actriz de quince años que disfruta enormemente del mar. ¿Será ella también, como yo, un pez? Me sumerjo en el agua, cierro los ojos y por un breve instante recuerdo el asunto de Iemanjá. Se me da por agradecerle el cuidado. Horas más tarde, mientras vemos ponerse el sol, Gea —o un terremoto de 7.8 grados— nos sorprende a La Niña, a Ella, a mí y a algunos más en la orilla del mar. Somos los sobrevivientes de una catástrofe que se llevaría casi mil vidas y que marcaría nuestras vidas por venir. Una franja de cuatrocientos kilómetros de la Tierra, dirían más tarde, se había movido setenta centímetros de su lugar.

6. LA INUNDACIÓN

En algunas versiones del mito de Tifón se indica que este ser no era un monstruo como el que relaté al comienzo, sino que era visto como un ser marino, una gran ballena. Si fuera el caso, imagino que el plan de escape de Afrodita y Eros no hubiese tenido ningún éxito. Yo Ahora tengo treinta y dos. Con Ella las cosas van y vienen, es una danza bastante caótica en la que sin embargo, sabemos movernos. Después del terremoto decidimos cambiarnos a otra casa, mientras juntamos dinero para mudarnos a un país sin sismos. La casa no tiene mucho mantenimiento, pero está bien. Pero un día, creo de diciembre, la ciudad entera se queda sin agua. Afuera venden bidones a cinco veces su valor. Y antes de que regrese el suministro, por descuido, movemos algunas perillas y olvidamos una canilla abierta, y el precario sistema de desagüe de esa casa maltrecha nos inunda el hogar. Al regresar del trabajo, la alfombra flota en la sala, y el viejo parqué comienza a doblarse sobre sí mismo. Arrojamos el agua hacia la calle durante horas, hasta entrada la madrugada, y pasamos meses hasta recomponer el estado del departamento. 

Ahora tengo treinta y cuatro y vivo con Ella en Buenos Aires. Irónicamente, la ciudad tiembla luego de más de cien años sin actividad sísmica, durante la visita del presidente de los Estados Unidos al país. Desde hace unos meses las cañerías del baño que alguna vez Ella utilizase para dormir en vino, han comenzado a taponarse. La inundación —al igual que sucedió con la constelación se convierte en mí, en un símbolo de otra cosa: algo en mí se desborda otra vez. Está escrito en el agua, sólo me falta aprenderlo a leer.