TRAMA TXT

El Despojo

el buey que tracciona al molino
animal doblemente condenado:
por un lado su fortuna de esclavo
y por otro, su circular destino.


En la infancia practicaba el despojo como una especie de reto. Me bastaba con poco más que estar en el jardín del fondo, en el que pasaba las horas, y disfrutaba de, por ejemplo, andar descalzo y desafiar el frío. Qué extraña y compleja certeza, la de creer que el despojo nos provee de algo. 

Los últimos años se han llevado muchas cosas. La idea de «hacer carrera» como quien construye «ladrillo a ladrillo», por ejemplo, o el ímpetu de promocionarme a mí mismo, son absurdos intolerables en mi vida presente: soy cada día más un Sísifo cada vez más cansado —de ese desprendimiento, que no fue sin esfuerzo— que observa perros más interesantes que sus dueños y que se pregunta ¿de qué me provee este vaciamiento ahora? ¿qué hay en este fuera del juego? Me digo que quedan muchas cosas preciosas, bellas. Me digo, aunque a veces no las vea.

A veces le digo a Sari —que por cierto, me espera dentro del Mundo— «deberían pagarnos por existir».

Imagen: San Serafín compartiendo su almuerzo con un oso.