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El guardián de lo inútil

Vacaciones (las primeras dieciséis): después de haber estado interminables semanas oreándome al amparo del sol, inexorablemente llega el día de volver y con él la tristeza por todo lo que no que no alcancé a hacer. Adiós a los Grandes Planes: hora de volver a casa. 

Ahora ya tengo treinta y tres años, y apenas distingo —¡vaya elipsis!— un día hábil de un feriado. Al parecer estamos de vacaciones de invierno. Me visitan mis sobrinos salteños, que sumados a los de acá podrían ocupar todo un jardín de infantes. La sensación respecto a los Grandes Planes más o menos, sigue siendo la misma. 

Decido emprender una aventura junto a ellos. Les pido que dibujen personajes de sus fantasías y pesadillas. Me invento un juego muy simple, un Juego de Rol que se juega con un sólo dado. Al cabo de unos días se los presento y jugamos, en total, durante tres horas y media. Resultado: el malvado esqueleto Jung acabó devolviendo el color robado a nuestro planeta y, con una última tirada de dados, afortunadamente todos pudieron retornar ilesos a esta dimensión.

Inexorablemente, esta vez también, llegará el último día. Anticipándome, les comparto el manual de instrucciones y una guía para que escriban sus propias aventuras. En ese acto, me siento una especie de guardián y protector de lo Inútil, asegurando un legado sin importancia. Para mi sorpresa, me confiesan que durante las vacaciones ya crearon su propio juego, «el Recreo Infinito». Los detalles son fascinantes. Alejo me cuenta, ya escribió y transcribió a la computadora su primera aventura. 

Ahora sí, hora de volver a casa. 

(Imagen: «Monstrominero» imaginado por Tomás Puertas Venturini)