TRAMA TXT

LIBROALFAJORES

Mil novecientos noventa y uno, verano e infancia. Me dedico a registrar en un pequeño cuaderno el comportamiento de Popi —mi perra— y a grabar en cassette el sonido de las tandas comerciales: en mis vacaciones no habrá televisión. Mi programa favorito promociona alfajores que vienen con minilibros. De a poco, voy armando mi primera biblioteca personal de «libroalfajores Fabulandia». Los leo sobre la alfombra azul de mi cuarto. Aprendo sobre animales y plantas.

Con el tiempo aprendo algunas cosas más. Por ejemplo, que los libros lo hacen a uno más triste. Es —me digo— un asunto de circularidad: a) la tristeza tiene el sabor del dolor recordado. b) El dolor es indicio y materia prima de todo lo que está vivo. Finalmente, c) La buena «literatura» es la que mejor captura la vida. El mundo a mi alcance, y desparramado sobre la alfombra azul de mi cuarto.

Me digo también que no hay nada de triste en la tristeza. Si «hay» tristeza significa que la capacidad de sentir está intacta o, incluso, ampliada. Si río y además lloro, es porque participo de la danza más antigua, porque soy parte de algún afán inmemorial que se expresa a través mío. O eso me gusta pensar: que lo que sentimos, mismo sea lo más valioso que tenemos, apenas nos pertenece. Que la verdadera derrota es la negación. Que la verdadera derrota es no sentir.

No sentir, por ejemplo, la hermosa trampa con aroma a chocolate de Libroalfajores Fabulandia.

Foto: en mi biblioteca, un ejemplar de «FABULANDIA».