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Sueño

No recordé mi sueño sino hasta la tarde de hoy. Cruzaba la avenida cuando me dije «soy un inútil» con tanta claridad, con sabor de verdad absoluta. Un inútil con temor de que el futuro llegue y yo no haya «tomado a su toro por las astas». Entonces me acordé. 

Había soñado, como soñé ya algunas veces, que ascendía a un volcán en erupción. Subía como se sube a una montaña —con sumo esfuerzo— y contra todo pronóstico: ¿hacia dónde? No hay cima que coronar cuando se asciende hacia el fuego. Pero no eran el sentido ni el destino de la tarea los protagonistas del sueño, sino la belleza indescriptible de todo: del cielo en torno al monte y, sobre todo, del majestuoso fuego que escupía el cráter. 

Una y otra vez el sueño detenía el tiempo y se maravillaba del paisaje: una conjunción hipnótica de belleza y muerte —sensación parecida a la de observar al milagroso tigre justo antes de caer en sus fauces. Una y otra vez también, el sueño ensayaba un «movimiento cinematográfico», que comenzaba en el montañista —o sea, yo— y luego subía para revelar su verdad en Plano General: lo que parecía la cima no era más que un paso, el umbral desde el cual recién podía apreciarse la verdadera magnitud del volcán y su cráter. La cima era el final del paisaje más «humano». Era el comienzo de su dimensión mítica, divina, más bella y letal. 

Imagen: Myth of Sisiphus, por AbominableDante
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