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Responso

El jueves pasado se fue un ser muy querido. Durante el responso, entre tanta gente conocida, me invadió la tristeza profunda y suave de pensar en el caudal de despedidas inevitable que me depararía la vida: hasta que todo acabe, nunca se acabarán. Por momentos trataba de cerrar los ojos y pensar en él —siempre tan sonriente— y sonreía yo también. Inmediatamente lo veía reclinado en su silla, hablando como siempre —tan «argentinamente»— del tango, del Turismo Carretera y de las estrellas… y acababa entonces por volver a lagrimear, entre los tristes presentes. Así me volví a casa.

Esa noche soñé con una situación por lejos fantasiosa: ante la mirada de su esposa, un joven se sumergía con su Volkswagen en un charco en medio del empedrado. Y no volvía nunca más. Ella lo esperaba afuera, junto al portón abierto de un garage. Así, me desperté pensando, se sienten las ausencias incomprendidas de personas como mi tío, que iluminan este mundo con su paso.