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Las últimas horas

Hoy entregamos el departamento. Comienza el lento pero seguro desvanecer antes de dejar este país, el hogar de mis últimos siete años. Los olores, los rostros. Los modos y los hedores. La comida. Los afectos. «Filosofar es aprender a morir» me digo, y la frase pide aceptar que todo se acaba: vivir con entereza la muerte de absolutamente todo. 

La entereza no excusa al dolor, sin embargo.

Las últimas horas siempre son extrañas. Camino bajo el sol vertical por un barrio de Quito que me es ajeno, aunque sea ahora mi lugar de paso. De hecho, nada me es propio conforme vuelvo a entrar en la Dimensión del Turista: nada me pertenece. Tampoco conozco todas estas calles. «¿Cuál será el afán de esta ciudad con sus conquistadores?» pienso mientras leo los carteles. Poco importa. Dentro mío, los meros conocidos ya no existen; y los amigos y compañeros de todo este tiempo se van desvaneciendo: habrá que saber despedirse.

Es tiempo, en cambio, de meseros, de taxistas, de viajantes y navegantes. Charlo con desconocidos en un café de la Vaca de Castro. Ayer por la noche tuve en la cama la sensación de no saber quién era. Sentía partes de mí hundirse por su propio peso hacia un abismo negro: cosas que sostengo, creencias y opiniones que no sé si sobrevivan a este viaje. No podía asegurar qué quedaría de mí. Anoto ahora: «desconocerse para entrar a lo desconocido». No se excusa al dolor: morir o matar bien pueda ser la diferencia entre «explorar» y «conquistar». 

Yo prefiero el ejercicio del explorador que muere cada vez. Con certeza es más noble explorar la Tierra que conquistarla.

Imagen: The fall of William The Conqueror, de John Millar Watt (https://fineartamerica.com/featured/the-fall-of-william-the-conqueror-john-millar-watt.html)