TRAMA TXT

CASA

A mí se me hace que la palabra «casa» tiene una esencia ancestral. Me remite a un mundo que comprendía de bien niño, o al mundo que habitamos como especie hace bastante más tiempo. Con certeza los cavernícolas no decían «caverna»: decían «casa».

Hace unos días vaciamos con Sarahí la casa en San Marcos, preparándonos para el viaje a Buenos Aires. Me acordaba de las veces que me había mudado. De la casa en provincia al departamento, por ejemplo, salimos en tiempo récord y con la alegría de botar casi todo. La mudanza muestra cada vez que lo esencial es realmente poco. Y bastante arbitrario: un pañuelo del jardín de infantes con mi nombre bordado. Mi librito FABULANDIA. Alguna música. Algunos libros.

A veces dudo si esta carencia de lastre signifique todo lo no construido. Me imagino pidiendo dinero de anciano, viviendo de prestado. Y tengo miedo.

Entonces me acuerdo de la casita del árbol en el ciruelo, o la del eucalipto —casa traicionera por demás, porque en ella había depositado mis secretos, y el viento se los había llevado— y me acuerdo también de la tarde en la que el terremoto me sorprendió en la orilla del mar. Voltear la cabeza y ver casas tambaleándose y caer. Gritos. Destrucción. Muerte. Desde ese día vengo imaginando el regreso que estoy por emprender.

Dixit Mario Quintana: «Amar es mudar el alma de casa», ejercicio que no es fácil. De niño decretaba el cambio con facilidad. Ahora escribo la palabra «casa» en un papel el blanco y me sorprendo pensando todas estas cosas. ¿Qué puede construirse, que no sea una ilusión? Me digo que no es poco.

Y recuerdo por el suelo y a la vista de todos, los recortes de publicidades con chicas con poca ropa que escondía en la casa del eucalipto y que el viento traicionero se llevó.

Imagen: «The Cave of Swimmers», Unknown, Pictograph (Rock Painting), Neolithic Era (c. 10,200 BC)