TRAMA TXT

El envés del mundo.

El mundo arrulla como puede a sus niños caprichosos. El Centro de Quito, con sus casas coloniales y recovecos centenarios, es cura de mis males: en Buenos Aires no hay tal cosa. Paseo. Lo antiguo se impregna de su historia, pienso, tal como el cansancio en un cuerpo. Es un monstruo que va tragando y digiriéndolo todo hacia una única materia fecal cósmica. Oh, el hedor de Quito. El que lo pueda sentir, que lo sienta. Qué pena los cristianos hayan abandonado el latín. ¿Acaso no entienden que la fuerza de las palabras reside en la carga de su uso a través de los siglos? Basta observar el poder del sánscrito: uno canta sin siquiera saber qué se está diciendo, pero la mente ¡de viaje! Vivan los mantras y las viejas iglesias del Ecuador. Grave error, cristiandad, de haberte desentendido de tus misterios. Ahora eres sólo discurso, lo que yo, justamente, no quiero ser.

Quiero dejarme acunar. Quiero la embriaguez de la canción del mundo, aquella que va a seguir sonando cuando no quede nada. La que sentí en un monasterio, cuando me quedé horas mirando una figura a la que, era clarísimo, veía respirar. La que siento a veces antes de irme a dormir. Me invento una fábula en la que soy Fiera y el Cosmos me quiere dormir. 

En unas semanas me vuelvo a Buenos Aires, la capital del Grito. No sé si encuentre tales cosas por allá. Sin embargo, Quito me ha agotado. Ahora sufro nuevos males. «El mal de la fiera enjaulada». Y sueño con ver mi ciudad teñida de las magias que tanto le huyen. Yo ser canción y ella, fiera. 

Llevo mis notas en los bolsillos. Y cuando me anime, nos mudaré a todos al envés del mundo. 

(Amanecer desde un Balcón. Fotografía de Yazmín Echeverría)