ÁLBUM MUSICAL

Barullo

Con el motivo del lanzamiento de mi primer álbum, en el que reuno 13 canciones de mi autoría, comparto mi manifiesto barullento Trece Razones para escuchar Barullo.

Razón #1: porque nunca escuchaste una canción de amor telegráfica. El disco tiene una y se llama «Asterisco».

Asterisco fue concebida como una canción tipográfica y telegráfica, algo así como la representación musical de una animación stop-motion. Un asterisco volador que comunica un mensaje de amor.

Y… ¿no es acaso el amor un milagro entre tanta comunicación truncada? El tema además incluye a manera de sample un antiquísimo instructivo militar indicando cómo utilizar bien el telégrafo, advirtiendo ya que un mensaje puede enviarse queriendo decir algo, pero interpretarse totalmente de otro modo.

Razón #2: porque hay una canción sobre el cuento que Edgar Allan Poe nunca escribió sobre gatas que miran televisión: «Vera».

Me atraen las historias que se corren del «Yo» del compositor. Me gusta no quedarme sólo en lo que me pasa. O contarlo, pero a través de personajes a los que pueda dar su propio vuelo.

El humor de la canción —o lo ficticio de sus personajes— no quita un milímetro del compromiso puesto en cada palabra. Escribir letras es cosa seria.

Razón #3: porque la vida tiene más color cuando se la decora con canciones.

Llevo toda una vida escribiendo canciones. La primera que recuerdo está estampada en un papel de esos que mi papá traía del trabajo para que yo dibuje, y consta de una serie de notas y lineas que las une. Algo así como “LA—MI—MI—RE—SOL”.

Desde entonces cargo conmigo papeles, hojas pentagramadas, que van completando canciones y que atraviesan los años. Algunas canciones se escribieron de un tirón. Otras llevaron años en el tintero, como El Árbol, cambiando «aquí y allá». La música, hermosa compañía.

Razón #4: porque éste es un disco para cuando se acaba la fiesta.

Barullo es un disco para escuchar tranquilo. Es un disco para escuchar. Sus composiciones, detallistas. Su humor, como el mío: suave. No hay colores fluorescentes ni vértices puntiagudos. Otras formas y colores, eso sí hay.

La música nos hace sentir cosas, nos enseña sentimientos que probablemente antes «no estaban ahí». Yo no puedo sino ser honesto y transmitir lo que habita en mí: no es la rebeldía ni la audacia estereotipadas en la TV, no es la psicomística chamánica millenial, sino mi media sonrisa, mis confusas insinuaciones y mi manera de ser.

Razón #5 porque la exposición a la «Milonga que busca el Amor en las Estrellas» te hará un poco menos meloso.

Esta milonga se pregunta: ¿el universo conspira a favor de nuestros deseos o, en es acaso un infinito espacio sin sentido, en el cual un descuido puede acabar con todos nosotros sin consecuencia alguna ¿Cómo amar, qué esperar del amor si esto último fuese verdad?

Razón #6 porque «Marín Central» es solo voz —sin acompañamiento instrumental— y nadie sabe si puede soportarla hasta el final.

Interpretada por la hermosa y potente voz de Mora Martínez, esta canción cuenta una historia cuya densidad permitió no instrumentar más que con sonidos registrados en el Centro Histórico de Quito.

En seis sesiones, acompañado de un grabador portátil digital, salí a caminar por la Marín Central, estación de buses quiteña, buscando registrar «al paso» frases que captaran mi atención y que retrataran ese mundo en el que la personaje principal está metida.

«Marín Central» es un arrullo, una anti-canción de cuna en voz de quien nunca duerme, pero es invisible para todxs.

Razón #7: porque el disco no se lamenta de que el mundo sea un caos, sino que baila con él (aunque no mueva bien su cadera).

A la hora de pensar en grabar el disco, estaba claro que iba a haber determinados momentos de incongruencia. Esto se dio de muchas formas: en «Milonga que Busca el Amor en las Estrellas», por ejemplo, con un pequeño solo bajo acordes disonantes respecto a la canción. En «Asterisco», por acumulación, superponiendo una grabación de orquesta al momento ‘telegráfico’. En «Réquiem del Pajarito», en la improvisación libre del final. Y en muchos detalles más.

Todo esto, porque creo que la música es un espacio de expresar también una visión de mundo. Y como yo lo veo, este es un lugar donde el caos vino para quedarse. Querer ordenarlo todo, es un esfuerzo vano y grandilocuente. Sufrir por ello, una mala elección que nos hace más amargos. Mejor bailar con el mundo y en esa danza, todavía perseguir lo que queremos.

Razón #8 porque, a falta de uno, «Réquiem del Pajarito» tiene un solo simultáneo de tres vientos que imitan la agonía de un pajarito.

Tengo mucho cariño por esta canción que escribí más de diez años atrás. Y se la confié a don Andrés Noboa para que hiciera de las suyas con un arreglo de vientos. Andrés realizó un trabajo realmente magistral conduciendo a Yony Muñoz, David Bermeo y Michael Blanchard a través de los acordes siempre cambiantes de una partitura que, llegando al final, indica: «improvisación libre y apocalíptica».

Todos disfrutamos de la jornada de grabación, los vientos sonaban durísimo y eran de por sí un espectáculo. Y el resultado tuvo alma y se refleja en el disco 🙌.

Razón #9 porque sobrevivimos junto a Mariela Espinosa a cantar «Equívocos» a dos voces sólo para dejar registrada esta trágica y confusa trama.

Esta canción relata el panorama —alguna vez conocido por todxs— en el que, hagamos lo que hagamos, no podemos sino equivocarnos. Partiendo de esa idea, la canción nace a dos voces, una comentando a la otra, en un enredo difícil de dilucidar: la vida misma.

Razón #10 porque el objeto de cerámica que ilustra la tapa es un enredo maravilloso.

Cuando escucho musca instrumental, en mi mente se despliega un manto negro. No creo imágenes, no imagino. La música para mí es un despliegue de sensaciones, sentimientos que en el mejor de los casos, no conocía. Eso es para mí la música: una especie de «sentimientoteca».

Por esa razón quería que la tapa del disco, de naturaleza visual, retratara lo irretratable. Le propuse a la ceramista Eugenia Bracony que realizara una obra cerámica a partir de lo que escuchara en el disco y ella cordialmente se abocó a ello. Ese enredo maravilloso es, finalmente, la tapa de «Barullo»

Razón #11: porque «Yendo al Trabajo» es una canción que recompensa a la gente creativa de mameluco con el discurso que Eva Perón nunca pronunció.

En la oscuridad de la noche,
el canto de los ruiseñores
quienes quieran oír que oigan
para hacer un arcoíris de amor.

Porque ellos, por ser puros, 
ven con los ojos del alba
y saben apreciar 
las cosas extraordinarias de la vida
para decirles, ¡adios!

Este discurso imaginario lo reedité a partir de pasajes del discurso del Dia del Trabajador de 1952 de Eva Perón. ¡Que la poesía viva en la política, y viceversa!

Razón #12: porque «Ricardo» ya no se acuerda si su canción era suya o era ajena, pero canta como si supiera.

Barullo abunda en canciones sobre la música. La música se cuela en las historias y las historias se cuelan en la música por igual.

«Ricardo» cuenta la historia de quien recibe el don de poder crear y sabe no apropiarse de él, sino dejarlo fluir. A la manera de las canciones de los 60s, la canción nos deja con ese mensaje y se va por «fade-out».

La canción la escribí en honor a la amistad.

Razón #13. Porque el trece es un número maravilloso y estas trece canciones son todas originales. ¡Viva la originalidad!

Mi experiencia con los números impares se remonta a los bailes de primaria, en los que siempre alguien se quedaba sin pareja: yo. Ahí descubrí el mundo de «la música que no escucharías nunca, si no fuera por la posibilidad de la conquista», un buen estímulo para detectar sanata y melosidad en la más variadas melopeas. ¡Extrañas las cosas que la gente encarrilada de este mundo llega a hacer por la supervivencia!

Los marginales —como buenos números primos— en cambio aprendemos a erguirnos irreductibles, víctimas y beneficiarios de nuestra propia suerte. Finalmente, la madurez trae una dulce recompensa, para el que la sabe ver y la sabe cuidar. Mi abrazo para aquellos que se mantengan originales.

Este disco está también dedicado a todos los impares que pululan por ahí, a los que puedo considerar «primos» por parentesco en la ¿mala? fortuna.