Otra figura, bien conocida de la novela policíaca, podría llamarse el milagro del indicio: el indicio más discreto es el que, en último término, permite descubrir el misterio. Aquí aparecen implicados dos temas ideológicos: de una parte, el poder infinito de los signos, el sentimiento pánico de que los signos están en todas partes, de que todo puede ser signo; y de otra parte, la responsabilidad de los objetos, en definitiva tan activos como las personas: hay una falsa inocencia del objeto; el objeto se oculta detrás de su inercia de cosa, pero en realidad ello es para mejor emitir una fuerza causal, que no se sabe si procede de sí mismo o si tiene otro origen.

Encontramos el segundo tipo de relación que puede articular la estructura del suceso: la relación de coincidencia. En principio, la repetición de un hecho, por anodino que sea, es lo que le designa a la notación de coincidencia: una misma joyería ha sido atracada tres veces; la dueña de un hotel gana en la lotería cada vez quie juega, etc.: ¿por qué? En efecto, la repetición siempre mueve a imaginar una causa desconocida, hasta tal punto es cierto que, en la coincidencia popular, lo aleatorio siempre es distributivo, nunca repetitivo: se supone que el azar cambia los hechos; si los repite es porque quiere significar algo por medio de ello: repetir es significar; esta creencia es el origen de todas las antiguas artes adivinatorias; desde luego, en nuestros días una repetición no evoca abiertamente una interpretación sobrenatural; sin embargo, incluso degradada al rango de “curiosidad”, no es posible advertir la repetición sin pensar que posee un cierto sentido, incluso si este sentido queda en suspenso: lo “curioso” no puede ser noción neutra, y por así decirlo inocente (excepto para una conciencia absurda, y éste no es caso de la conciencia popular): institucionaliza fatalmente una interrogación. (…)

Así, siempre que aparece solitariamente, sin complicarse con valores patéticos que, en general, dependen del papel arquetípico de los personajes, la relación de coincidencia implica una cierta idea del Destino. Toda coincidencia es un signo a la vez indescifrable e inteligente: en efecto, si los hombres acusan al Destino de ser ciego, es debido a una especie de transferencia, cuyo interés es totalmente evidente: el Destino es, por el contrario, malicioso, construye signos, y son los hombres los que son ciegos, impotentes para descifrarlos. Si unos ladrones abren la caja fuerte de una fábrica de sopletes, esta notación en último término sólo puede pertenecer a la categoría de los signos, ya que el sentido (si no su contenido, al menos su idea) surge fatalmente de la conjunción de dos contrarios: antítesis o paradoja, toda oposición pertenece a un mundo deliberadamente construido: un dios vigila detrás del suceso.

Se trata pues probablemente de un fenómeno general que desborda en mucho la categoría del suceso. Pero en el suceso, la dialéctica del sentido y de la significación tiene una función histórica mucho más clara que en la literatura, porque el suceso es un arte de masas: su papel es verosímilmente preservar en el seno de la sociedad contemporánea la ambigüedad de lo racional y lo irracional, de lo inteligible y de lo insondable; y esta ambigüedad es históricamente necesaria en la medida en que el hombre aún necesita signos (lo cual lo tranquiliza) pero necesita también que esos signos sean de contenido incierto (lo cual lo irresponsabiliza): puede así apoyarse, por medio del suceso, en una cierta cultura, ya que todo esbozo de un sistema de significación es esbozo de una cultura; pero al mismo tiempo, puede llenar in extremis esta cultura de la naturaleza, puesto que el sentido que da a la concomitancia de los hechos escapa al artificio cultural permaneciendo mudo.

Roland Barthes,
Médiations