Sergio Venturini – Audio & Video editing Daniel Baremboim: Sonido y silencio. | Sergio Venturini - Audio & Video editing

¿El sonido domina al silencio o es el silencio el que domina al sonido? Después de una atenta observación, nos damos cuenta de que la relación entre sonido y silencio es equivalente de la relación entre un objeto físico y la fuerza de la gravedad. Si se levanta un objeto del suelo, se necesita una cantidad determinada de energía para mantenerlo a la altura a la que ha sido elevado. Si no se aplica una energía adicional, el objeto caerá al suelo obedeciendo las leyes de la gravedad. Más o menos del mismo modo, si un sonido no se mantiene, se precipita en el silencio. El músico que produce un sonido lo trae literalmente al mundo físico. Por otro lado, a menos que proporcione la energía añadida, el sonido morirá. Una única nota tiene un período de vida finito. La terminología es palmaria: la nota muere. Y aquí podríamos encontrar la primera indicación clara del contenido en la música: la disolución del sonido para transformarse en silencio es la definición de su limitación en el tiempo.

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Examinemos las diferentes posibilidades que se presentan al iniciarse el sonido. Si nace del silencio absoluto, la música o bien interrumpe el silencio o bien surge de él. El sonido que interrumpe el silencio representa una alteración de una situación existente, mientras que si surge de él es una alteración gradual de la situación existente. En términos filosóficos, podría decirse que ésta es la diferencia entre ser y devenir. La apertura de la sonata Patética, op.13, de Beethoven, es un ejemplo evidente de interrupción del silencio. El acorde definido lo interrumpe e inicia la música.
El preludio de Tristán e Isolda, a su vez, es un ejemplo obvio del sonido que evoluciona del silencio. La música no empieza con el movimiento dela la inicial al fa, sino del silencio al la. Sin embargo, en la Sonata para piano op. 109 de Beethoven, uno tiene la impresión de que la música ya ha empezado: es como subir a un tren que ya está en movimiento. La música tiene que existir ya en la cabeza del pianista, de modo que, cuando la interpreta, crea una impresión de que se une a lo que ya existía, aunque no en el mundo físico. En la sonata Patética, el acento en la primera nota marca una ruptura muy definida del silencio. En la op. 109, es imperativo no empezar con un acento en la primera nota, porque el acento, por definición, interrumpiría el silencio.

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El último sonido no es el final de la música. Si la primera nota está relacionada con el silencio que la precede, la última nota tiene que estar relacionada con el silencio que la sigue. Por eso es tan perturbador que un público entusiasta aplauda antes de que se haya apagado el último sonido, por que hay un último momento de expresividad que consiste precisamente en la relación entre el final del sonido y el inicio del silencio que le sigue.

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Una manera de preparar el silencio es crear antes una cantidad tremenda de tensión, de modo que el silencio llegue sólo después de haberse alcanzado la altura máxima de intensidad y volumen.
Otra manera de acercarse al silencio consiste en disminuir gradualmente el sonido dejando que la música se vuelva tan suave que el paso siguiente sólo pueda ser el silencio. En otras palabras, el silencio puede ser más alto que el máximo volumen y más suave que el mínimo. El silencio absoluto, desde luego, existe también dentro de una composición. Se trata de una muerte temporal, seguida de la capacidad de revivir, de empezar la vida de nuevo. De este modo, la música es más que un espejo de la música; está enriquecida por la dimensión metafísica del sonido, que le da posibilidad de trascender las limitaciones físicas del ser humano. En el mundo del sonido, ni siquiera la muerte es necesariamente definitiva.
Es evidente que si un sonido tiene un inicio y una duración, también tiene un final, tanto si muere como si deja paso a la siguiente nota. Las notas que siguen una a otra funcionan claramente dentro del inevitable paso del tiempo. La expresividad en la música viene de la relación entre las notas, lo que llamamos Legato en italiano, que no significa más que “ligado”. El Legato impide que las notas desarrollen sus egos naturales y alcancen tanta importancia que eclipsen a la precedente.

Fragmentos de “El sonido es vida”, de Daniel Baremboim.